En la planta el trabajo salía todos los días, pero salía a pulso. Las tareas
se repartían a criterio del supervisor y cómo había resultado el turno se
sabía recién al final, cuando alguien terminaba de sumar planillas.
Lo primero fue mirar un turno completo. Lo que más llamó la atención no fue
el ritmo ni el ruido, sino la cantidad de papel: hojas impresas al empezar,
anotaciones a mano durante el día y una planilla armada a la salida.
Empezamos por sacar el papel del medio. Pusimos una pantalla táctil en cada
estación, con tres botones: iniciar, pausar y terminar. Nada que escribir,
nada que anotar. El operario trabaja y el tiempo se registra solo.
Cuando esos tiempos empezaron a guardarse, apareció algo que antes no se
podía ver: no todos rinden igual con el mismo producto. Una persona es rápida
con uno y lenta con otro, y eso no estaba escrito en ninguna parte.
Con esa información construimos el reparto automático. El sistema arma la
jornada de cada persona buscando dos cosas al mismo tiempo: que nadie quede
sobrecargado mientras otro se desocupa, y que cada producto caiga en manos de
quien mejor lo hace.
Hoy el supervisor no cierra el turno sumando planillas. Mira la pantalla
durante el día y corrige mientras todavía se puede corregir. Cuando la gente
se va, el reporte ya está hecho.
220 h
al año que vuelven a la operación, recuperadas de los 50 minutos diarios
que se iban en consolidar planillas.
0
minutos de digitación al cierre. Los tiempos, el cumplimiento y la
proyección de stock se calculan solos al terminar la jornada.
En vivo
el avance de cada estación, en vez de un reporte que llegaba cuando ya no
se podía hacer nada.